domingo, 11 de marzo de 2007

Del día internacional de la mujer y la conciliación laboral y familiar

Después de algunos días de cierta pereza para escribir, que no para pensar en qué escribir, la celebración el pasado jueves del día internacional de la mujer, que en origen lo era de la mujer trabajadora, me coincidió con el haber sido convocado a una reunión emplazada por su propiciante para las 9 en punto de la mañana. Esta coincidencia me llevó a la meditación y la meditación al mosqueo y el mosqueo casi a la indignación. ¿Una reunión a las 9 de la mañana? Obviamente, una reunión convocada por un hombre. Porque, ¿a qué mujer trabajadora se le ocurriría tamaño ataque a la conciliación familiar y laboral, convocando la reunión a las 9 en un país dónde el horario escolar empieza a las 9? Un servidor, que muy a gusto asume la responsabilidad familiar de despertar, desayunar, asear, vestir y acompañar a la escuela a mis dos hijos, al recibir la convocatoria de la reunión mediante el maldito e invasivo Outlook, pensó, pues a las nueve vas a ir tú, no yo. Y, efectivamente, me presenté a la reunión a las 9,30, una vez cumplidas las tareas familiares matutinas y, para más abundar, habiendo esperado que mi madre llegara y dejarla oportunamente en casa con mi hijo pequeño, al que se le ocurrió la laboralmente inadecuada idea de levantarse con dolor en la pierna derecha.

Mi sorpresa llegó al aterrizar en la susodicha reunión, 9,30 am, y observar que en la misma estaban presentes, entre otras, mujeres de las qué me consta que algunas tienen hijos pequeños y otras qué, aún no conociéndolas, les atribuyo esa edad en la que podrían ser jóvenes madres con pequeños retoños a los que acompañar de buena mañana a la escuela. Pues bien, esas mujeres, trabajadoras y responsables, estaban ahí desde las 9 de la mañana, habiendo hecho no sé cuantos equilibrios de calendario y agenda para poder comparecer a la reunión citada a la hora convocada.

Y mi sorpresa, que ya venía un poco indignada de la combinación de la matutina convocatoria junto al trajín familiar de primera hora de la mañana, se volvió indignación cuando, al acabar la reunión y, cómo no, sugerir el convocante una nueva reunión para al cabo de unos días, un servidor dijo “que la próxima no sea a las nueve, sino a las nueve y media, para facilitar la conciliación familiar”, a lo que respondió el convocante: “pues yo, que llevo a los niños a la escuela por la mañana, le he tenido que decir a mi mujer que los llevara hoy, ya que había convocado esta reunión a las 9, pero ahora que lo dices, sí que es buena idea poner la siguiente a las 9,30, así me ahorro el cambio de hábito familiar”. ¡Ah! Así resultó ser que quién había convocado la reunión, tuvo que desconciliar su vida familiar y laboral, repercutiendo en su mujer, y afectando, a la vez y aún sin saberlo (al menos, no puede imputársele dolo) a otras personas, que tuvieron que cambiar sus planes para comparecer a la hora a dicha reunión (no en mi caso, en que primé lo habitual por lo excepcional, porque hay que excepcionar cuando hay causa justa y no cuando no la hay).

Concluyo: dejémonos de promover celebraciones de un día al año para promover no sé que lucha contra la desigualdad, hagamos esta lucha día a día, sin tapujos y sin distinciones de género, pues de lo que se trata en toda la esfera laboral, es de poder conciliar vida personal, familiar y laboral, y ello se sea hombre o mujer, se tengan hijos o no se tengan, y otras formas hay de acentuar la productividad que no la de acentuar y prolongar la jornada laboral; una cosa es la jornada laboral y otra la jornada laboral efectiva, y si se nos ocurriera efectuar comprobación veríamos que en este país se trabaja más que se produce, se trabaja más que se concilia, y se produce igual de poco que lo que se concilia. Que cada cuál saque sus propias conclusiones.

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